
Poema: Una patria como un cuerpo que tiembla
Guido Bonelli
Una patria como un cuerpo que tiembla
Hay fechas que no son fechas.
Son cuerpos enterrados en la memoria.
Son palabras que no terminamos de pronunciar.
Son el temblor suave de una identidad que aún no se dice del todo.
El 25 de mayo no es una fecha.
Es una pregunta.
Un umbral.
Un hueco donde la historia se arrodilla.
¿Quién soñó la primera patria?
¿Quién fue el primero en decir “libertad” sin entender que esa palabra era una herida abierta?
¿Y quién se atrevió a creer que un pueblo puede nacer sin morir un poco antes?
La Revolución —esa que nos enseñaron como si fuera un acto cerrado, terminado, limpio— fue, en realidad, un murmullo sucio.
Un lenguaje apenas balbuceado.
Un gesto torpe hacia la posibilidad de ser otros.
Como cuando uno se levanta de un sueño demasiado largo y no sabe aún si lo que ve es el día o el eco de la noche.
Todo lo que sangra me llama.
Y yo pienso en esos hombres que mojaron sus zapatos en la plaza, que cargaban en los bolsillos no la certeza,
sino la necesidad.
Que no eran héroes,
sino preguntas con rostro humano.
La patria no se fundó.
Se insinuó.
Como una cicatriz que todavía no ha cerrado.
La patria, esa palabra pesada como una cruz.
Esa palabra que a veces se llena de ruido
y otras veces —como ahora— se vuelve susurro.
¿Qué es patria?
¿Una bandera? ¿Un himno? ¿Una fecha en los libros?
¿O es, más bien, la tristeza que nos une en silencio?
¿Es la plaza vacía a las tres de la madrugada,
cuando ya nadie celebra
y sólo quedan las luces tristes encendidas como si alguien aún esperara?
A veces me pregunto si esa Revolución no fue también un poema.
Un poema trágico, escrito con cuerpos que no sabían que serían recordados. Con mujeres que no aparecen en los cuadros.
Con gestos pequeños, casi invisibles, que movieron el eje del mundo apenas un milímetro,
pero lo suficiente para que todo se volviera distinto.
Y sin embargo, seguimos girando alrededor del mismo fuego. Repetimos fechas, nombres, símbolos.
¿Pero comprendemos?
¿O solo recordamos por costumbre?
Hay un peligro en conmemorar sin llorar.
En celebrar sin comprender la oscuridad que precede a la luz.
Quiero decirlo claro:
la libertad fue, y sigue siendo, un dolor.
Una melancolía que llevamos como un perfume invisible. Una responsabilidad que nadie nos enseñó a cargar.
Y aún así, la deseamos.
Porque fuimos hechos con esa nostalgia de lo que aún no es. Somos argentinos por herencia, sí,
pero también por deseo.
Por la pulsión constante de buscar lo que nos falta.
Por esa manera tan nuestra de mirar el cielo como si en las nubes estuviera escrita alguna respuesta.
Y hoy, 25 de mayo, me detengo.
No para repetir.
No para aplaudir sin pensar.
Sino para rendirme ante la belleza trágica de un pueblo que se atrevió a nacer. De un grito que aún nos tiembla en los huesos.
De un país que no es lugar, sino pregunta.
Un país como un poema inacabado. Un país como una flor que se abre en el centro exacto de la tormenta.
18/05/25



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